jueves, 24 de noviembre de 2016

Humanización del Parto

La relación institucionalización/medicalización del proceso de embarazo, parto y puerperio es relativamente reciente, si bien el comienzo de tal práctica remite a los siglos XVII y XVIII” (Farías, 2014, p.26). La persecución de “brujas” (muchas de ellas, parteras empíricas) y el auge de la medicina y la ciencia en el Renacimiento, se encargaron de transformar el parto natural vertical en una enfermedad y a la mujer en una paciente débil que debía estar acostada en su cama (y luego, en el hospital) entregando su cuerpo al accionar de los profesionales de la salud (mayoritariamente hombres), que a partir de ahora intervendrán su cuerpo. Es así, que el parto pasó de ser algo fisiológico y natural en la vida de cualquier mujer (y que además era “cosa de mujeres” donde los hombres no participaban), a ser una enfermedad de la cual debía encargarse el médico (Hutter, 2010). Transformándose en un proceso institucionalizado, estandarizado y sistematizado que debe cumplir con los lineamientos y tiempos institucionales no respetando los tiempos y necesidades de la mujer y el bebe. “Un eje central en esta cadena de rutinas sobre la mujer y el bebé es el tiempo, la imposición de que este proceso sea lo más breve posible, que todo termine rápido” (RELACAHUAPAN - Argentina 2006, en RELACAHUAPAN – Uruguay 2007).

Cuando hablamos de parto humanizado, lo que se reivindica es devolverle a este proceso natural y fisiológico, que si todo va bien, debe ser asistido y no intervenido, el valor y respeto que debería conllevar, respetando a la madre y al/la bebe como los verdaderos protagonistas, respetando sus tiempos, su intimidad y necesidades.

Odent (2011) nos dice “No se puede ayudar a un proceso involuntario; sólo se puede procurar no perturbarlo demasiado” (p.23) El mismo autor, en su libro “El bebé es un mamífero” (2011) recalca la importancia de la intimidad en el momento del parto, explicando que todos los mamíferos se esconden o aíslan del resto para dar a luz. En cambio, parece que el humano (“moderno”) se ha esforzado al máximo por no respetar esta necesidad fundamental de intimidad, normalizando el parir en salas frías, totalmente iluminadas, llenas de profesionales “controlando” a la mujer que está tratando de parir, interviniendo sobre ella, hablándole, tocándola, diciéndole que hacer, trasladándola de un lugar a otro en pleno trabajo de parto, etc. Odent (2011) explica como en las sociedades donde las mujeres suelen aislarse para dar a luz, el parto suele ser fácil y rápido. Con esto, no estamos diciendo que las mujeres deberíamos parir entre los matorrales en un campo, aisladas de todo, sino que lo que se busca es que se respete la intimidad de la mujer y sus necesidades, que no se le moleste, que no se le ordene que hacer o cómo. Que se la reconozca como un ser con derechos y necesidades, con capacidad de conocimiento, decisión y poder sobre su cuerpo y sobre los procesos naturales del mismo. 

De entrada, en los hospitales modernos pocas mujeres pueden alcanzar el equilibrio hormonal que les permitiría dar a luz por sus propios medios. Necesitan medicamentos sustitutivos que perturban, por efecto dominó, los demás procesos fisiológicos. Y cuando el bebé acaba de nacer, siempre hay algo más urgente que hacer que proteger la intimidad de la pareja madre-bebé. (Odent, 2011, p.111)





 Paula Prandi

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