“La
relación institucionalización/medicalización del proceso de
embarazo, parto y puerperio es relativamente reciente, si bien el
comienzo de tal práctica remite a los siglos XVII y XVIII”
(Farías, 2014, p.26). La persecución de “brujas” (muchas de
ellas, parteras empíricas) y el auge de la medicina y la ciencia en
el Renacimiento, se encargaron de transformar el parto natural
vertical en una enfermedad y a la mujer en una paciente débil que
debía estar acostada en su cama (y luego, en el hospital) entregando
su cuerpo al accionar de los profesionales de la salud
(mayoritariamente hombres), que a partir de ahora intervendrán su
cuerpo. Es así, que el parto pasó de ser algo fisiológico y
natural en la vida de cualquier mujer (y que además era “cosa de
mujeres” donde los hombres no participaban), a ser una enfermedad
de la cual debía encargarse el médico (Hutter, 2010).
Transformándose en un proceso institucionalizado, estandarizado y
sistematizado que debe cumplir con los lineamientos y tiempos
institucionales no respetando los tiempos y necesidades de la mujer y
el bebe. “Un eje central en esta cadena de rutinas sobre la mujer y
el bebé es el tiempo, la imposición de que este proceso sea lo más
breve posible, que todo termine rápido” (RELACAHUAPAN - Argentina
2006, en RELACAHUAPAN – Uruguay 2007).
Cuando
hablamos de parto humanizado, lo que se reivindica es devolverle a
este proceso natural y fisiológico, que si todo va bien, debe ser
asistido y no intervenido, el valor y respeto que debería conllevar,
respetando a la madre y al/la bebe como los verdaderos protagonistas,
respetando sus tiempos, su intimidad y necesidades.
Odent (2011) nos dice “No se puede ayudar a un proceso
involuntario; sólo se puede procurar no perturbarlo demasiado”
(p.23) El mismo autor, en su libro “El bebé es un mamífero”
(2011) recalca la importancia de la intimidad en el momento del
parto, explicando que todos los mamíferos se esconden o aíslan del
resto para dar a luz. En cambio, parece que el humano (“moderno”)
se ha esforzado al máximo por no respetar esta necesidad fundamental
de intimidad, normalizando el parir en salas frías, totalmente
iluminadas, llenas de profesionales “controlando” a la mujer que
está tratando de parir, interviniendo sobre ella, hablándole,
tocándola, diciéndole que hacer, trasladándola de un lugar a otro
en pleno trabajo de parto, etc. Odent (2011) explica como en las
sociedades donde las mujeres suelen aislarse para dar a luz, el parto
suele ser fácil y rápido. Con esto, no estamos diciendo que las
mujeres deberíamos parir entre los matorrales en un campo, aisladas
de todo, sino que lo que se busca es que se respete la intimidad de
la mujer y sus necesidades, que no se le moleste, que no se le ordene
que hacer o cómo. Que se la reconozca como un ser con derechos y
necesidades, con capacidad de conocimiento, decisión y poder sobre
su cuerpo y sobre los procesos naturales del mismo.
De
entrada, en los hospitales modernos pocas mujeres pueden alcanzar el
equilibrio hormonal que les permitiría dar a luz por sus propios
medios. Necesitan medicamentos sustitutivos que perturban, por efecto
dominó, los demás procesos fisiológicos. Y cuando el bebé acaba
de nacer, siempre hay algo más urgente que hacer que proteger la
intimidad de la pareja madre-bebé. (Odent, 2011, p.111)
Paula Prandi
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